El proletariado ha de emprender la lucha contra el fanatismo religioso que refuerza al estado y aumenta las divisiones entre los explotados

Mouvement Communiste y Kolektivně proti kapitálu

Traducción al castellano: Editorial Klinamen a partir de la versión en inglés

El texto contra el “fideísmo”[1] religioso que forma el cuerpo de este panfleto fue escrito en su mayor parte antes de los ataques a la revista Charlie Hebdo y al restaurante kosher de París y no intenta dar una respuesta a estos acontecimientos. Pero es obligado hacer referencia a ellos. Parte del texto ha demostrado ser muy profético, sobre todo los comentarios sobre el antisemitismo. Algunos compañeros lo distribuyeron en la masiva manifestación “Je suis Charlie”. Fue posiblemente el único panfleto “político” repartido.

En respuesta al ataque a la revista Charlie Hebdo, el proletariado debe emprender la lucha inflexible contra el fanatismo religioso violento que refuerza al estado y aumenta las divisiones entre los explotados y oprimidos.

“Ni dios ni amo” (Auguste Blanqui)

Contra el califato y el irracionalismo, la defensa del materialismo, la autonomía política del proletariado, la alianza estratégica con movimientos por la liberación de la mujer

Cualesquiera que fueran los objetivos de los responsables de la masacre de Charlie Hebdo, la consecuencia fue aterrorizar a toda la población. Aterrorizar para evitar la comprensión, aterrorizar para establecer barreras aún más altas entre las personas en base a creencias religiosas. La religión se ha convertido en una verdadera arma del Islam político en todo el mundo. En Francia se opone a la religión del estado, que se dice secular y republicana. Al presentarse como el guardián de la paz civil, el estado llama a la unidad nacional a su alrededor. Exige que la población delegue en él para la defensa de la libertad y la democracia. Es una defensa a costa de la restricción preventiva de libertades individuales y colectivas y una mayor represión a la disidencia antiestatal. Para los defensores de la “identidad blanca”, como el Frente Nacional, el ataque confirmó que “la guerra civil ya ha empezado” contra un enemigo ya identificado: los musulmanes, todos los musulmanes, ya compartan las ideas de los fanáticos, las combatan o simplemente se sometan a ellas silenciosamente. El extranjero, “el otro”, es el objetivo para los fanáticos de todas partes. El despreciable ataque a Charlie Hebdo le hace el juego al estado y debilita a la única clase, la clase obrera, que puede luchar concretamente contra el fanatismo religioso ahí donde se origina, donde busca sus soldados potenciales, en los barrios obreros y los lugares de trabajo. Esta lucha es imprescindible si no queremos abandonar la reivindicación de la necesidad de los explotados y oprimidos de organizarnos independientemente contra el estado, contra todos los estados. En cuanto al Islam político violento, su objetivo es forzar a los musulmanes a aislarse y servir como carne de cañón en Siria, o incluso aquí mismo. Lo que importa es entender este fenómeno para ser capaces de enfrentarnos a él sin piedad, evitando estar atados de pies y manos al estado.

Crítica del califato y el irracionalismo

El Islam político se ha convertido en un sujeto global de debate y de la polarización de la sociedad civil en comunidades ilusorias opuestas. Cada una de estas comunidades ilusorias dice luchar en nombre de una idea de civilización que solo es capaz de expresarse por completo en la derrota total del otro, identificado como enemigo por la fe que procesa, incluyendo la fe en el secularismo y el estado. En nombre de tal o cual creencia en lo sobrenatural, se puede ignorar casi cualquier cosa: la milenaria opresión de la mujer, la familia, la migración internacional, el trabajo, la vivienda, la alimentación, etc.

El prisma deformante y mistificador de la religión, de las religiones, pasa a ser la supuesta justificación de lo irracional, del rechazo del principio de realidad y, de forma más general, la negación de la humanidad para los enemigos de la fe. Esta mistificación específica de las relaciones sociales penetra profundamente en las mentes de numerosos proletarios aquí, en los países capitalistas avanzados, y en las de sus hermanas y hermanos en la periferia del mundo capitalista más desarrollado.

Debido a su incontestable éxito, estas ideas reaccionarias se convierten en una potente fuerza material que se añade a las que ya configuran la superficie del mundo capitalista. La extensión del fideísmo en todas sus formas cambia las prioridades y redefine los campos capitalistas en todas las regiones del planeta. Pero, como toda ideología, esta larga ola de oscurantismo no es capaz de contener el determinismo material y las relaciones sociales que la ideología dice reemplazar. El capitalismo no está siendo amenazado por la fe más que las sociedades de clases que lo precedieron. El fideísmo no es más que una expresión ideológica particular de la sumisión de clase.

El fideísmo es un término teológico católico, relacionado con el tradicionalismo. De acuerdo con él, la fe solo puede ser conocida por la tradición, no por la razón. Todo conocimiento se fundamenta sobre una revelación primitiva que prolonga y enriquece la revelación cristiana. Solo la fe, la inteligencia ilustradora (en sí misma intuitiva, y por tanto al margen de la razón, que es analítica) nos lleva a conocer la base de las cosas, es decir, las realidades espirituales. Más precisamente, el fideísmo excluye la posibilidad de que las verdades de la fe puedan basarse en preámbulos racionales, en pruebas, incluyendo un núcleo de racionalidad que podría ser absorbido en una filosofía autónoma. En otro sentido, también teológico, el fideísmo hace que la fe consista en la confianza en Dios, y no en la adhesión a dogmas. En todo caso, el término implica un desafío a la razón; es por ello que la trata peyorativamente. Del mismo modo que el racionalismo tiende a sobrestimar la razón hasta el punto de asegurar que la ciencia es la única fuente de verdad (rechazando así cualquier creencia de antemano), el fideísmo tiende a sobrestimar la fe hasta el punto de asegurar que la revelación es la única garantía de verdad (desacreditando así los esfuerzos de toda actividad racional).[2]

El proletariado revolucionario debe en primer lugar enfrentarse al fideísmo en sí mismo y tratarlo como lo que es: un instrumento de división de clase que refuerza la dictadura del capital y los estados y que es empleado para reclutar a los explotados y oprimidos para luchar en nuevas guerras que benefician a las clases dominantes. En particular, el fideísmo del Libro (la Biblia) -pero también el del hinduismo y la vasta mayoría de las creencias religiosas- está dedicado a Dios, el patriarcado y la familia. El califato, la ideología fideísta reaccionaria que parece estar logrando los mayores éxitos ahora mismo, merece nuestra atención especialmente en tanto que se adorna de los colores del anticapitalismo y el antiimperialismo y, sobre todo, constituye un elemento central del empeoramiento de la crisis geoestratégica de Oriente Próximo. Esta es la razón por la que le dedicamos un texto, compuesto de cuatro puntos.

Primer punto

Los partisanos del califato tratan de establecer un orden que les será favorable en regiones en las que domina el capitalismo pero aún no ha disuelto (o lo ha hecho muy poco) las relaciones sociales heredadas de las sociedades de clases que lo preceden. Las 10.000 tribus suníes en Irak son el ejemplo más claro de esto. La arcaica estructura social tribal ha sobrevivido al margen del capital moderno, alimentándose de las rentas petrolíferas y el comercio de mercancías, a menudo ilegal. La tribu suní iraquí ha sido transformada por la extensión de la dominación del capital, pero los lazos ancestrales lazos patriarcales no se han roto. La tribu administra su territorio. Es un pequeño mundo cerrado al exterior y el interior, excepto cuando hay que acumular medios de supervivencia mediante el clientelismo y el regateo. Hoy en día, un gran número de tribus suníes en Irak juran su fidelidad al EI[3]. Este sangriento grupo garantiza la permanencia de la estructura tribal. Es más, el autoproclamado califato la santifica.

La otra cara del presente califato está representada por gente como Mokhtar Belmokthar, conocido como “El de Un-Solo-Ojo”, un salafista de los comienzos, célebre desde 2013 por su ataque a la refinería de Amenas en Argelia. También llamado “Mister Marlboro”, este siniestro personaje también es la cabeza de una red de tráfico de cigarros que mueve hasta un billón de dólares anuales en el Sáhara. Esta red se ha podido desarrollar gracias a los lazos de sangre con las tribus tuaregs. Los contrabandistas, ladrones de pollos, comerciantes de seres humanos (prostitución, tráfico de migrantes), narcotraficantes, participantes todos en negocios ilegales, encuentran en el califato un medio de consolidar sus actividades lucrativas y de desarrollar otras, “encubiertas” por su adherencia a la fe.

El propio EI es una importante empresa comercial en Siria e Irak que comercia con petróleo, mujeres y bienes de consumo. Su programa se puede resumir como “quien tiene armas tiene pan y mujeres”. Esta banda no supone ningún peligro para el capitalismo, que puede perfectamente acomodar rentistas y traficantes; es más, los crea. Boko Haram en Nigeria, Camerún y Níger; Al-Shabab en Somalia; Al Qaeda del Magreb Islámico en el Sahel; Al Qaeda de la península Arábiga en Yemen y Arabia Saudí; los talibán en Afganistán y Paquistán y Abu Sayyaf en Filipinas, Indonesia y Malasia -y estos son solo los más conocidos- reproducen las mismas relaciones sociales expresadas por el EI.

Estas consideraciones no valen para el Islam chií, cuya centralizada organización interna, similar al fascismo, le ha permitido adaptarse al capitalismo moderno, tal y como la Iglesia católica.

Segundo punto

El EI surgió de los escombros de un nacionalismo árabe fundado sobre el modelo de democracias populares previas basadas en una alianza entre un partido único (baazista en los casos de Irak y Siria), el ejército y un sindicato único. Este modelo estaba destinado a la creación de economías poscoloniales modernas, equipadas con industrias fuertes, un mercado interno unificado y un estado secular efectivo. Este proyecto fue destruido desde el exterior por el progresivo colapso del bloque soviético, e internamente por el surgimiento desde las ruinas de la liberación nacional de una casta dominante parasitaria, corrupta, despótica e ineficiente.

Sobre esta base, el califato del EI está en perfecta continuidad con los regímenes árabes a los que dice oponerse. Sus fuentes de supervivencia son el comercio y el saqueo; su organización es clientelista y está llena de incompetentes. El EI difiere de los regímenes suníes solo en términos de posicionamiento geoestratégico. Y esto, por el simple hecho de que su régimen trata de imponerse en otros estados de la región, incluyendo aquellos en los que el fideísmo suní es la religión oficial.

EE UU se ha beneficiado de la caída del imperio ruso y ha extendido su influencia sobre los regímenes árabes cuyos vagos deseos de desarrollo capitalista han sido seriamente revisados durante las recientes décadas. Washington ha alcanzado una importante nueva etapa con el activo apoyo de los talibán en la guerra contra Rusia en Afganistán y, después, con la primera guerra de Irak. Estos dos episodios marcaron la adopción por parte de la administración estadounidense de una diplomacia agresiva en esta área, para convertirse de nuevo en una potencia a tener en cuenta en Oriente Próximo. La Primavera Árabe dio a Washington la oportunidad de ocupar también un papel de liderazgo en todo el norte de África. El intento aún no ha dado un resultado concluyente.

Si el general Al-Sissi en Egipto destruyó la organización de los Hermanos Musulmanes y siguió en la onda de Hosni Mubarak en términos de política exterior y su alianza estratégica con Washington, en Libia, la violenta destitución de Gadafi aún no ha permitido que se implante una pax americana, ni en Afganistán o Irak.

En su momento, las dos potencias regionales de Oriente Próximo, Turquía e Irán, han intentado, siguiendo posturas diplomáticas muy diferentes, aprovechar la aceleración de la crisis geoestratégica de la región. El primero se ha centrado en el desarrollo de regímenes islámicos como resultado de la “Primavera Árabe”. Por ahora, la política de Ankara ha sido un fracaso. Su apoyo, explícito a los Hermanos Musulmanes egipcios, menos abierto a Hamás y públicamente rechazado al EI, ha culminado en un creciente aislamiento diplomático de Turquía. El aplastamiento de los Hermanos en Egipto, la derrota militar de Hamás en Gaza por parte de las tropas israelíes y la implicación de las potencias occidentales contra el EI echaron atrás la influencia de Turquía en la región y debilitaron sus relaciones históricas con EE UU y Europa.

En cuanto a Irán, los contratiempos de las “Primaveras Árabes” de inspiración suní la han puesto de nuevo en el centro de la escena. Teherán controla Bagdad, ha establecido sólidas relaciones con el gobierno del Kurdistán iraquí, conserva su bastión libanés, apoya a Bashar el-Assad con creciente eficacia en Siria, donde el régimen ha mostrado una innegable capacidad de supervivencia, y se beneficia de su lucha contra el EI. Todo esto tiene el objetivo de acelerar el final de las sanciones de Occidente y resolver el conflicto nuclear.

Tercer punto

Aparte de la dimensión geoestratégica y diplomática, el surgimiento del Islam político violento dota a los estados de los países avanzados de una estupenda arma de división de clase, restringiendo las libertades individual y colectiva e incrementando la base social que abraza la ideología dominante. Aumentan las medidas de emergencia. Reprimir el terrorismo implica que cada vez sean menos necesarias las pruebas. Lo que estamos viendo es la pérdida de parte de derechos burgueses fundamentales como el de expresar opiniones públicamente.

La amenaza de los degollamientos del EI aterroriza a sectores enteros de la población de las ciudadelas occidentales capitalistas. Aquí, buena parte del proletariado se adhiere a las ideologías identitarias de defensa de la religión, la familia y el país. Las organizaciones reaccionarias “blancas” como el Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia, el UKIP en Reino Unido y el NPD en Alemania aprovechan estos temores. A menudo, atraen votos de los pobres en las elecciones. Fusionan, guste o no, la rabia contra el empobrecimiento y la creciente inseguridad, el rechazo por parte de los hombres del debilitamiento del patriarcado, el miedo a los inmigrantes y los hooligans de las viviendas protegidas, bajo el lema de defensa de la “tradición”, los “buenos tiempos”, Dios, la Familia y la Nación. Paradójicamente, pueden criticar tranquilamente las ideas del Islam acerca de las mujeres, para hacer olvidar a la gente su propia opresión patriarcal hacia las mujeres. Y esta no es la única confusión en su ideología. En la República Checa, los neonazis se manifestaron contra las víctimas sirias del EI (incluidos niños enfermos) refugiados en su país.

Las poblaciones identificadas como musulmanas en los países capitalistas avanzados se convierten en el objetivo de todo tipo de acusaciones. Congeladas en su propia representación mistificada como “comunidad de creyentes” (Umma), se les pide continuamente que condenen el Islam político. Una pequeña minoría de musulmanes decidió aceptar la imagen que los estados les imponen apoyando el califato.

En Francia, su primer paso hacia el califato es sin ninguna duda el antisemitismo. Un antisemitismo que se expande peligrosamente y encuentra terreno fértil en la extrema izquierda, que mezcla la condena de las condiciones de las clases oprimidas palestinas bajo la colonización israelí con el apoyo de la llamada “resistencia” de los antisemitas de Hamás, que ponen en práctica un poder dictatorial de una excepcional brutalidad en Gaza y que están en el poder en los Territorios Ocupados gracias a su alianza con la OLP. En Francia, los ataques antisemitas conforman la mitad de todos los ataques racistas, y están dirigidos a una población de origen judío que es tan solo un 1% de la población total. Este antisemitismo “suní” encuentra un eco favorable en los pequeños grupos de extrema derecha, así como en los iraníes representados por Soral y Dieudonné.

Los musulmanes de los países desarrollados que van a apoyar al califato no tienen las mismas motivaciones que aquellos que viven en los países periféricos. Lo único que tienen en común es su deseo de consagrar la sumisión de las mujeres. Los occidentales que luchan por el califato no tienen un origen de clase homogéneo. Es más bien una cuestión de jóvenes aislados, no muy informados, sin unas raíces sociales claras, que rechazan la proletarización y el estilo de vida de sus padres y no ocultan su hostilidad hacia las mujeres que han decidido ser independientes de los hombres (“furcias”). La promesa de una vida heroica más allá del aislamiento y la soledad urbana y suburbana a través de una hermandad de guerra que además santifica el papel dominante de los hombres de acuerdo con los preceptos religiosos del Islam son los dos principales argumentos a favor de la hijra (la migración hacia un país musulmán) para luchar contra el infiel.

La sacralización de la opresión de las mujeres y la familia es un pilar esencial del califato. Incluso los hombres más empobrecidos encuentran en ella la posibilidad de ejercer un poder absoluto sobre sus esposas. La mujer devota que se somete en cuerpo y alma a su marido obtiene a cambio la protección de la religión frente a otros hombres. La silenciosa esclava doméstica, que rechaza su propio ser por el hecho de su inaccesibilidad, se convierte en el califato en el objeto de las fantasías más abusivas por parte de los hombres. La lucha por el respeto de los individuos unidos en una sociedad que ha pasado a ser totalmente humana solo puede darse por la lucha por la liberación de la mujer de la dominación de la familia y el hombre. La importancia de la alianza estratégica entre la clase obrera revolucionaria y los movimientos de liberación de las mujeres se hace evidente en los países en los que se puede encontrar la ideología fideísta.

Cuarto punto

El auge del califato ha revivido enormemente el fervor de los fideístas antimusulmanes. Los sacerdotes de otras fes se benefician de ello. Pero también comparten con el califato algo esencial: el culto a lo irracional e inexplicable, la mística de la fe y la mortificación de la carne y el espíritu. Esta es la razón por la que la lucha a muerte contra la religión y por la defensa del materialismo no se puede limitar al Islam político.

Para quienes están en la línea del frente de la guerra contra los sanguinarios del EI, para los kurdos y sirios que luchan en Kobane y aman la libertad, nuestro mensaje es el siguiente: su voluntad y su sacrificio resuena como una llamada universal a la revuelta. Pero este mensaje se mantiene incompleto y no se deja oír bien por la rivalidad geoestratégica entre distintas potencias capitalistas. La resistencia masiva frente al EI está dirigida hoy por las facciones políticas nacionalistas kurdas de Turquía e Irak. La explotan para establecer (en el caso del PKK) o fortalecer (en el caso del KDP) su propia dictadura burguesa, y no debemos hacernos ilusiones sobre esto.

Esta es la razón por la que la lucha mortal llevada a cabo por voluntarios en Kobane contra el califato no está dirigida contra la división de las sociedades en clases, que es el origen de esta forma moderna de barbarismo que es el presente califato y, de forma más general, de toda mistificación religiosa. Para superar este límite esencial, hoy es más necesario que nunca desarrollar la autonomía política del proletariado para poner fin a la opresión y la explotación del hombre por el hombre.

“El sufrimiento religioso es al mismo tiempo la expresión del sufrimiento real y una protesta contra el sufrimiento real. La religión es el alivio de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón y el espíritu de un estado de cosas desalmado. Es el opio del pueblo..

La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo, es la reivindicación de su felicidad real. El llamado para que el pueblo se deje de ilusiones acerca de su condición, es el llamado a que termine con un estado de cosas que necesita ilusiones. La crítica de la religión es ya, en embrión, la crítica del valle de lágrimas, santificado por la religión.”

– Karl Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel,1843

[1] El fideísmo es una corriente teológica según la cual a Dios no se puede llegar por la razón, sino por la fe. Es la teología de varias iglesias cristianas, entre las que no se encuentra el catolicismo, que la rechaza. Enseña que el razonamiento es irrelevante a la creencia religiosa y que, por tanto, los argumentos sobre la existencia de Dios son falaces e irrelevantes. Históricamente han sido cuatro los filósofos adscritos a esta corriente teológica: Pascal, Kierkegaard, William James y Wittgenstein.

La explicación musulmana ortodoxa también adopta la postura fideísta del teólogo Al-Ghazali, quien opina que donde la razón y la revelación entran en conflicto, la razón debe rendirse a la revelación.

[2] Henry DUMÉRY, Encyclopaedia Universalis: http://www.universalis.fr/encyclopedie/fideisme/

[3] Estado Islámico, también conocido por sus siglas en inglés (IS, por Islamic State; o ISIS, por Islamic State of Syria and Iraq), y por la abreviatura árabe Da’esh.

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